Hilaria es una chica de 25 años, y desde hace mucho tiempo no se siente cómoda con su propio cuerpo. Desde pequeña aprendió a pasar desapercibida, a no mirarse demasiado al espejo, a taparse, a colocarse de cierta manera, a esconder aquello que sentía que no estaba bien de su cuerpo.
No nació con vergüenza hacia su cuerpo.
La fue aprendiendo.
Creció rodeada de imágenes, comentarios y comparaciones que marcaban qué cuerpos eran deseables y cuáles no. Mensajes explícitos e implícitos que, con el tiempo, fueron construyendo una idea silenciosa pero persistente: “mi cuerpo no es suficiente”.
Y claro, estos mensajes se infiltraron en su vida erótica. Hilaria no era capaz de disfrutar, estaba todo el rato pendiente de cómo se veía.
Y claro, estos mensajes se infiltraron en su vida erótica. Hilaria no era capaz de disfrutar, estaba todo el rato pendiente de:
que no haya demasiada luz,
cubrirse con la sábana,
controlar posturas, gestos y movimientos,
evitar ser observada.
La intimidad, lejos de ser un espacio de conexión, se convierte en un lugar de vigilancia constante. No porque no exista deseo, sino porque el cuerpo ha aprendido que mostrarse implica riesgo.
Desde fuera, podría parecer falta de disfrute o de interés. Desde dentro, lo que hay es protección.
La vergüenza corporal no es un defecto personal, sino como una respuesta aprendida en determinados contextos: Cuando una persona ha crecido en entornos donde el cuerpo ha sido evaluado, comparado o corregido, es comprensible que desarrolle conductas de evitación y escape: no mirarse, taparse, ocultarse, desconectarse de las sensaciones.
Estas conductas cumplen una función clara: reducir el malestar inmediato y proteger del juicio.
El problema aparece a largo plazo, cuando el coste es elevado:
desconexión corporal,
dificultad para registrar sensaciones agradables,
insatisfacción en los encuentros íntimos,
sensación de no merecer la experiencia de intimidad.
En situaciones íntimas, la atención de Hilaria no está en lo que siente, sino en cómo se ve. El cuerpo deja de ser un lugar de experiencia para convertirse en un objeto observado.
Este desplazamiento de la atención —del sentir al control— interfiere directamente en la respuesta de disfrute. No porque el cuerpo “no funcione”, sino porque está ocupado intentando mantenerse a salvo.
No es un fallo.
Es una estrategia que tuvo sentido en su historia.
Abordar la insatisfacción corporal no consiste en imponer aceptación ni en obligarse a “gustarse más”. Desde la terapia sexual y de pareja, el trabajo se orienta a:
comprender la historia que ha dado forma a esa relación con el cuerpo,
identificar las conductas de evitación y su función,
reducir la amenaza asociada a la exposición corporal,
favorecer una conexión progresiva y segura con las sensaciones.
El objetivo no es forzar experiencias, sino recuperar el cuerpo como un espacio habitable, donde la intimidad pueda vivirse con mayor presencia, seguridad y flexibilidad.
Muchas personas se reconocen en historias como la de Hilaria, aunque nunca las hayan puesto en palabras. Si sientes que la vergüenza corporal o la insatisfacción están influyendo en tu vida íntima o en tu relación de pareja, buscar acompañamiento profesional puede ser un primer paso.
📍 Terapia sexual, de pareja y psicológica en Majadahonda
📍 Terapia sexual, de pareja y psicológica en Paseo de Extremadura, Madrid
Trabajo desde un enfoque contextual-funcional y sexológico, creando un espacio seguro y respetuoso para explorar la relación con el cuerpo y la intimidad.
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