Hay escenas que se repiten en silencio en muchas vidas: un mensaje que no obtiene respuesta, una reunión que no sale como se esperaba, una conversación que queda en el aire. El hecho es pequeño. Lo que ocurre después, no tanto.
La mente empieza a trabajar.
“Algo va mal.”
“He dicho algo incorrecto.”
“Seguro que está molesto.”
“Siempre me pasa lo mismo.”
En pocos minutos, la experiencia emocional se intensifica. Aparece inquietud, tensión corporal, necesidad de revisar, analizar o confirmar. A esto lo llamamos rumiación: un proceso repetitivo de pensamiento que intenta resolver una amenaza percibida, pero que con frecuencia termina amplificando la ansiedad.
En consulta psicológica, tanto en Majadahonda como en Madrid, es habitual escuchar esta misma secuencia descrita con distintos matices. No se trata necesariamente de grandes acontecimientos vitales. A menudo, el malestar se sostiene sobre situaciones cotidianas que se expanden a través del lenguaje.
Desde el enfoque conductual-contextual, el sufrimiento humano no se explica solo por lo que ocurre, sino por la relación que establecemos con lo que ocurre.
Un mismo evento —por ejemplo, “no ha respondido”— puede adquirir significados muy distintos:
Puede ser interpretado como una circunstancia neutra.
O puede conectarse con ideas como rechazo, abandono o fracaso personal.
El lenguaje permite establecer relaciones entre hechos, recuerdos y anticipaciones. Así, una experiencia presente puede vincularse con situaciones pasadas o con escenarios futuros que aún no han sucedido. No hace falta que el peligro sea real para que la experiencia emocional lo sea.
El lenguaje no se limita a describir. Organiza, compara, evalúa y anticipa. Y cuando estas evaluaciones se toman como verdades literales, la conducta empieza a girar en torno a ellas.
La rumiación suele presentarse como un esfuerzo por encontrar claridad. Se releen mensajes, se repasan conversaciones, se formulan hipótesis. La persona intenta reducir la incertidumbre pensando más.
Sin embargo, pensar más no siempre equivale a resolver mejor.
Cada vuelta mental puede reforzar la importancia del supuesto problema. Cada análisis puede añadir nuevas conexiones: “si no responde, quizá está molesto; si está molesto, puede que se esté distanciando; si se distancia, puedo perder la relación”.
El hecho inicial queda lejos. La red de significados, en cambio, crece.
Este patrón no implica debilidad ni falta de voluntad. Forma parte de la capacidad humana para usar el lenguaje. Pero cuando el pensamiento repetitivo se convierte en el eje de la conducta —evitar conversaciones, buscar garantías constantes, postergar decisiones— la ansiedad empieza a ocupar más espacio del deseado.
Uno de los errores más frecuentes al abordar la ansiedad es plantear el objetivo como “vaciar la mente” o “pensar en positivo”. Desde una perspectiva conductual-contextual, la propuesta es distinta.
No se busca eliminar pensamientos ni suprimir emociones. Se trabaja en modificar la relación con ellos.
Hay una diferencia relevante entre:
“Soy un fracaso.” y “Estoy teniendo el pensamiento de que soy un fracaso.”
En el primer caso, la frase actúa como una definición. En el segundo, como un evento interno que puede observarse. El contenido no desaparece, pero cambia la posición desde la que se experimenta.
Este desplazamiento permite recuperar margen de acción. La persona deja de actuar exclusivamente en función de la historia que la mente cuenta y puede preguntarse qué conducta está más alineada con lo que le importa.
La ansiedad suele reducir el repertorio conductual: se evita, se posterga, se busca seguridad inmediata. A corto plazo puede aliviar. A largo plazo, restringe.
El trabajo psicológico no consiste en garantizar la ausencia de ansiedad, sino en ampliar la flexibilidad. Es decir, que la presencia de pensamientos o emociones intensas no determine automáticamente la conducta.
En la práctica clínica con adultos en Majadahonda y Madrid, esto implica explorar qué reglas internas están organizando la experiencia: “debo gustar a todo el mundo”, “no puedo equivocarme”, “si dudo es que algo va mal”. Muchas de estas normas operan de forma implícita y rara vez se cuestionan.
Cuando se observan como construcciones lingüísticas —y no como verdades absolutas— se abre la posibilidad de actuar de forma más coherente con los propios valores, incluso en presencia de incertidumbre.
La rumiación suele formular una pregunta:
“¿Y si…?”
El enfoque contextual propone otra:
“Con esto que estoy sintiendo y pensando, ¿cómo quiero actuar?”
La ansiedad no desaparece por decreto. Pero puede dejar de gobernar todas las decisiones.
de actuar de forma más coherente con los propios valores, incluso en presencia de incertidumbre.
Si estás cansado/a de sentir ansiedad y te gustaría poder manejarla de otra manera para que no interfiera en tu día a día, contacta conmigo para poder informarte sin compromiso.
La ansiedad y la rumiación no siempre surgen de grandes acontecimientos, sino de las historias que el lenguaje construye alrededor de hechos cotidianos. Desde un enfoque conductual-contextual, comprender cómo nos relacionamos con nuestros pensamientos es clave para recuperar flexibilidad psicológica y actuar en dirección a lo que realmente importa. Psicología basada en evidencia en Madrid y en Majadahonda.
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