“Deja que todo te ocurra: belleza y terror.
Sigue adelante. Ninguna emoción es final.”
— Rainer Maria Rilke
Aunque Rilke escribió estas palabras hace más de un siglo, hoy siguen teniendo una enorme vigencia en consulta psicológica. En ellas aparece una idea clave para la regulación emocional: la aceptación. No como resignación, sino como una forma diferente de relacionarnos con lo que sentimos.
En nuestra sociedad actual hay cada vez menos espacio para sentirnos mal.
Cuando aparece la tristeza, la ansiedad o el miedo, el mensaje implícito suele ser: “haz algo para que se vaya”.
Intentamos resolver lo que sentimos de muchas maneras:
Distrayéndonos constantemente.
Analizando en exceso lo que nos pasa.
Exigiéndonos estar bien cuanto antes.
Comparándonos con otras personas que “lo llevan mejor”.
El problema es que sentir malestar no es un error, es parte de la experiencia humana. Y cuando luchamos contra lo que sentimos, muchas veces conseguimos justo lo contrario de lo que buscamos.
Desde la psicología contextual y la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), hablamos de evitación experiencial cuando hacemos grandes esfuerzos por no sentir emociones desagradables, no tener ciertos pensamientos o no conectar con recuerdos dolorosos.
A corto plazo, evitar puede aliviar.
A largo plazo, suele generar más problemas:
La emoción vuelve con más intensidad.
Aparecen síntomas físicos como tensión, cefaleas o cansancio.
Nuestra vida se va estrechando: dejamos de hacer cosas importantes por miedo a sentir.
No es la emoción la que genera el mayor sufrimiento, sino la lucha constante contra ella.
Uno de los mitos más extendidos es que, si permitimos sentir una emoción desagradable, esta se quedará para siempre. La experiencia clínica muestra justo lo contrario.
Las emociones son transitorias: aparecen, cambian y se van.
Y, además, cumplen una función.
Por ejemplo, la tristeza:
Señala una pérdida o una decepción.
Invita a bajar el ritmo.
Facilita que pidamos apoyo o cuidado.
Cuando ignoramos la tristeza o intentamos taparla rápidamente, no desaparece. Suele transformarse en apatía, irritabilidad, vacío emocional o síntomas físicos. La emoción no se resuelve; se enreda.
Aceptar una emoción no significa que te guste ni que quieras quedarte ahí.
Significa dejar de pelear con lo que ya está ocurriendo dentro de ti.
Desde ACT, trabajamos para que la persona pueda:
Observar lo que siente sin juzgarlo constantemente.
Hacer espacio al malestar sin que dirija todas sus decisiones.
Elegir cómo actuar en función de lo que es importante, no solo de lo que alivia a corto plazo.
Cuando dejamos de invertir tanta energía en evitar sentir, esa energía queda disponible para vivir.
Muchas personas que acuden a consulta no sienten “demasiado”, sino que no se permiten sentir. Han aprendido que ciertas emociones son peligrosas, débiles o inaceptables.
El trabajo terapéutico no consiste en eliminar emociones, sino en desarrollar flexibilidad psicológica: la capacidad de estar con lo que aparece y seguir avanzando en la vida.
Como decía Rilke, dejar que todo ocurra —lo agradable y lo doloroso— no nos detiene. Al contrario: nos permite seguir adelante con mayor claridad y coherencia.
Si sientes que tus emociones te desbordan, te bloquean o condicionan tu vida, es posible que no necesites controlarlas más, sino relacionarte de otra forma con ellas.
Trabajar la regulación emocional desde un enfoque contextual puede ayudarte a reducir el malestar psicológico y recuperar una sensación de dirección y calma.
Si quieres ampliar esta información o valorar un acompañamiento psicológico, puedes ponerte en contacto conmigo.
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